El Poeta se hace "vidente" por medio de un largo, inmenso y razonado "desarreglo" de "todos los sentidos". Arthur Rimbaud

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música

Cómo me hice fan de Ismael Serrano (después de años insultándole)

Víctor Lenore. Durante años, detesté profundamente a Ismael Serrano. Yo era hípster talibán y acudía a sus recitales por 'imperativo profesional', como la izquierda 'abertzale' jura la Constitución española. Ponía verde al cantautor de Vallecas por lo previsible de sus versos, por imitar demasiado el vibrato de Serrat, por salir a escena con ropa de calle, en plan qué-campechano-soy-y-qué-poco-lo-digo. “Solo existe una gremio más vanidoso que los rockeros y esos son los cantautores”, me decía Igor Paskual, guitarrista y compositor de Loquillo. Yo me partía de risa y mandaba mis crónicas demoledoras a la sección de Cultura de ‘La Razón’, donde eran bastante celebradas.

Me sentía el crítico pop más ingenioso, implacable y demoledor del mundo. También me burlaba de mi novia, de forma machista, por ser tan boba como para disfrutar de este tipo de sentimientos 'buenistas' y 'oenegeros' (Serrano era su cantante favorito y yo me creía un bolchevique por escuchar a grupos de rock alternativo tipo Nirvana). Ahora, cuando Serrano viene a Madrid, la llamo para quedar y verlo juntos. Y me lo paso tan bien o mejor que ella. ¿Cómo puede haberse dado un cambio tan radical?

Quitarse la tontería

Primero, la mutación obedece a un proceso de deshipsterización (hablando en plata: quitarte la tontería). Ya no utilizo la música como signo de distinción, sino como herramienta de disfrute y relación social. Segundo: porque Ismael Serrano vive su mejor momento creativo. El disco 'La llamada' (2014) es un salto notable, lo más intenso y contagioso que ha grabado en sus 20 años de carrera. Para empezar, combate la solemnidad típica de su gremio con suaves ráfagas de cumbia, candombé y reguetón. Desde la primera vez que lo escuché, me enganchó el himno que da título al álbum. “Ya nadie hace canciones sobre cajeras de supermercado”, me había dicho días antes el Dylan catalán Xavier Baró. Pues bien: Ismael Serrano es una de las pocas excepciones. La protagonista de esta pieza es una cajera precaria, madre soltera con hijo, que nunca será rescatada por Christian Grey (el de 'Cincuenta sombras...'). Cuando sale del trabajo encuentra personas rebuscando en el contenedor de basura y se alegra de no estar en esa situación. Lo mismo hasta se siente un poco 'clase media'. ¿Les suena la situación?

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La Iglesia, que la sostengan sus fieles

Sociedad

Vicente Clavero. Usted y yo –aunque no siempre tengamos conciencia de ello– estamos contribuyendo con nuestros impuestos al mantenimiento de la Iglesia católica. Tanto da que seamos seguidores suyos como que no. De los Presupuestos Generales del Estado salen cada año unos 250 millones de euros que van a manos de la Conferencia Episcopal. Su única obligación, a cambio, es dar cuenta del destino final de dicha cantidad, cosa que hace sin demasiados detalles y con bastante retraso. De hecho, el último informe de actividades de la organización data de 2014.

Esos 250 millones sirven para costear la actividad pastoral de las diócesis, la Seguridad Social de todo el clero o el sueldo de los obispos. Sólo una mínima parte (el 2%) va a Cáritas. E insisto: es un dinero que sale de nuestros bolsillos, cualesquiera que sean las creencias que tengamos. Como de nuestros bolsillos salen también las subvenciones directas que reciben, por ejemplo, los colegios católicos concertados. Por no hablar de los cuantiosos ingresos que pierde el Estado por la exención del IBI de la que disfrutan los inmuebles dedicados al culto, y en teoría sólo ellos.

Los 250 millones que cada año transfiere Hacienda a la jerarquía eclesiástica proceden de la asignación tributaria, fórmula ideada con el fin de que parezca que sólo los contribuyentes católicos sostienen a su Iglesia. Basta con que éstos pongan una equis en la casilla correspondiente de la declaración de la Renta para que la Conferencia Episcopal genere el derecho a recibir el equivalente al 0,7% de su cuota íntegra. El gesto –contra lo que pueda parecer– no conlleva ningún coste específico para quien lo hace.

Eso significa que, además, los católicos tienen el privilegio de decidir el montante de un esfuerzo económico que en realidad hacemos todos. Cada año ponen la equis unos siete millones de declarantes, el 35% del total; pero nadie se libra de financiar a la Iglesia. Y lo digo una vez más: con independencia de que se sea creyente o no. Ni siquiera escapan a tan sutil obligación las personas exentas del IRPF, porque esa caja común que son los Presupuestos se nutre con los ingresos derivados de todos los impuestos, incluidos los indirectos.

Los defensores de la asignación tributaria aseguran que la Iglesia se la tiene más que merecida por la “ingente” labor social que realiza y el ahorro que ello supone para el Estado. Lo que ocultan es que esa compensación –que se refiere a su faceta educativa y solidaria– le llega, en todo caso, a través de otras partidas, cuyo importe excede con mucho los 250 millones de euros anuales. Si lo admitieran quizás entenderían mejor a quienes pensamos que las actividades estrictamente religiosas de cualquier confesión deben costearlas sus fieles. Y nadie más que sus fieles.

 

Fuente: http://www.caffereggio.net/2016/12/16/la-iglesia-la-sostengan-fieles-vicente-clavero-publico/

 

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